Alborada Caimanera de Guáimaro 2026: una tradición que despierta con el sol y la memoria

Alborada Caimanera de Guáimaro 2026: una tradición que despierta con el sol y la memoria

Alborada caimanera en Guaymaro, Magdalena.

Alborada Caimanera de Guáimaro 2026: una tradición que despierta con el sol y la memoria

 “Hoy día de San Sebastián cumple años Tomasita

y ese maldito animal se ha comido a mi hijita…”

Con esta estrofa atribuida al maestro Eulalio Meléndez, creada hacia 1886, se abre la puerta a uno de los universos festivos antiguos y profundos del Caribe colombiano: la Fiesta del Caimán, una celebración que cada 20 de enero, día de San Sebastián, despierta pueblos enteros al ritmo del tambor, la guacharaca y el verso improvisado.

Este lunes 20 de enero de 2026, el corregimiento de Guáimaro, Magdalena, vivirá nuevamente su Alborada Caimanera, una tradición con más de 100 años de existencia, que se mantiene viva gracias a la transmisión oral, el compromiso de las familias y el profundo sentido comunitario que rodea al llamado “Rey del Río”.

Guáimaro, ubicado entre Remolino y Salamina, es uno de los pueblos ribereños donde el Caimán no es solo una danza, sino una experiencia colectiva que inicia en las primeras horas del día. Con los primeros rayos del sol, la figura del reptil —elaborada artesanalmente en madera y materiales reciclables— recorre las calles del pueblo, accionada por hombres “poseídos del espíritu reptiliano”, que avanzan al compás de la música de pajarito, también conocida como música de “negritos”.

Durante el recorrido, se improvisan versos acompañados de tambor y guacharaca, con coros constantes que convierten cada parada en un acto de confraternidad. Las estaciones se hacen frente a casas de personajes del pueblo, tiendas o esquinas simbólicas, donde los anfitriones deben “pagar” la copla con ron o con alguna contribución para que la fiesta continúe. Es un jolgorio de hermandad, camaradería y goce parrandero, que contagia incluso el canto de los gallos en esta ancestral Alborada Caimanera.

Como lo señalan diversas investigaciones, el Caimán ha sido un animal de profundo significado para las comunidades de la ribera del Río Grande de la Magdalena. Algunos estudios de Guillermo Henríquez y Carlos Domínguez indican que se trataba de un animal totémico, presente incluso en cerámicas de la cultura Tayrona, donde se observa a hombres bailando dentro de figuras de caimán.

La recreación coreográfica y musical que hoy se conoce se atribuye a Eulalio Meléndez, quien unió versos de Manuel Inocente Varela para crear una especie de minidrama basado en la desaparición de su hija Tomasita. Sin embargo, como explica el investigador Carlos Domínguez Ojeda, ya en 1864 el decimero Lisandro Marriaga había escrito versos que relataban la tragedia de una madre a orillas de la ciénaga, reforzando el carácter mítico y simbólico de esta danza.

En Guáimaro, la fiesta tiene características propias. Aquí no se canta únicamente el verso de “Ay mi hijita linda, ¿dónde está tu hermana? / el caimán se la llevó”, sino que se incorporan nuevos cantos y versos ligados a la vida cotidiana, la fauna, la flora y el sentir local. La música mantiene su esencia ancestral, con versos cantados al son de negro y bailes cantados, diferenciándose del formato cienaguero que incorporó clarinete y variaciones coreográficas a partir de los años ochenta.

“La tradición del Caimán la celebro desde muy pequeño… no la hemos dejado caer y cada año hacemos más futuro en Guáimaro”, afirma Euclides Navarro, folclorista y uno de los líderes de esta celebración, quien recuerda que su madre, hoy con más de 100 años, ya hablaba de estas fiestas cuando era joven, confirmando su antigüedad centenaria.

Otro rasgo distintivo es la elaboración del Caimán. Desde el mes de diciembre, las familias comienzan a construir sus figuras utilizando materiales autóctonos y reciclables: bejucos, madera de uvito, pedazos de chancletas, botellas plásticas, piezas de bicicleta y hasta restos de motos viejas. Las cabezas, generalmente talladas en madera, pueden durar décadas y pasar de generación en generación.

“El Caimán pesa, y quien lo lleva sufre”, cuenta Euclides, quien este año incorporó llantas en la parte trasera para aliviar la carga, demostrando que la tradición también dialoga con la creatividad y la adaptación.

La Alborada culmina con una especie de contienda simbólica, una epopeya rítmica entre familias que compiten por el reconocimiento al Caimán Mayor. En ocasiones, como ha ocurrido recientemente, el veredicto declara empates que refuerzan el espíritu colectivo de la fiesta. “No queremos que se pierda esta tradición del 20 de enero y por eso la estamos transmitiendo a la siguiente generación”, concluye Euclides.

Con más de seis mil habitantes, Guáimaro reafirma este 20 de enero que su Alborada Caimanera no es solo una celebración: es un acto de resistencia cultural, una memoria que despierta con el sol y que sigue danzando, cantando y viviendo en cada verso improvisado.

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